viernes, 30 de enero de 2009

Confesiones.

Peter se despertó en medio de la noche sorprendido por el ruido de la lluvia que golpeaba contra los cristales de la majestuosa alcoba que se le había atorgado cómo Sumo Monarca. Múltiples pensamientos inundaban su mente de preocupaciones. ¿Volverían algún día a Inglaterra? Por muy mal que estuvieran las cosas allí y grandes fueran sus deseos de reinar en Narnia, temía no volver a ver a sus padres.
Pero lo que más aparecía en su conciencia era su hermano Edmund; hacía a penas cuarenta y ocho horas estuvo a punto de perderlo en batalla. No podía evitar imaginar qué hubiera sido de él si el elixir de Lucy no hubiera logrado que se recuperara. Recordaba el momento exacto en que lo vio desfallecer; sin duda el más angustioso de su vida. Fue entonces cuando un gran coraje se apoderó de él y se abalanzó, sin pensárselo un segundo, sobre la Bruja Blanca. Fue también en ese instante cuando reparó en un nuevo sentimiento que desconocía, que le hacía sentirse bien y mal a la vez, un sentimiento que iba más allá del amor fraternal; un bonito sentimiento hacia Edmund.

Al no poder volver a conciliar el sueño, Peter decidió ir a dar un paseo por los jardines de Cair Paravel. Una vez allí, se puso a pensar en lo diferente que había resultado todo aquello el día anterior; con un Sol radiante, un clima más bien seco y ni una nube en el firmamento. Ahora todo era oscuro, frío y pasado por agua. Al medio minuto estaba completamente empapado pero no le importaba; se sentía bien bajo la lluvia.
En cuestión de minutos las precipitaciones pararon y el cielo se despejó. Había una luna enorme y preciosa, perfecta para contemplar con alguien especial, pensó el Sumo Monarca. Curiosamente, la única persona que le venía a la cabeza frente a la definición de “especial”, era su hermano.
Continuó paseando por los inmensos terrenos del castillo hasta llegar a la zona donde unas rocas se fundían con el mar. Advirtió que había alguien allí, en la playa, sentado a la orilla del agua. Avanzó con cautela y preguntó:
-¿Quién anda ahí?
Nadie contestó, solo se oían las olas rompiendo contra las rocas.
Lo volvió a intentar:
-¿Susan? ¿Señor Tumnus?
La oscuridad de la noche no le dejaba a Peter reconocer a su hermano, que finalmente contestó:
-Peter, soy yo… ¿Qué haces a estas horas?
De haber habido luz, Edmund se hubiera percatado del rubor que se posó en las mejillas del otro Pevensie.
-…No podía dormir. ¿Tú tampoco?
-Todo esto es demasiado para mí.
-Sabremos llevarlo adelante, estamos los cuatro. Si hemos sido elegidos nosotros es porque Aslan sabe que podremos con ello.
El moreno soltó media carcajada.
-¿He dicho algo malo? -se extrañó el mayor.
-No, en absoluto… Es sólo que no era a eso a lo que me refería.
Peter se quedó muy confuso al oír esa respuesta.
-¿Entonces?
-No, nada, tonterías…
-Como quieras, Ed, pero ya sabes que puedes confiar en mí para lo que sea…

Una larga pausa se produjo entre ambos. A Edmund le pareció eterna. Finalmente, se atrevió a decir:
-Peter, yo… Quería darte las gracias por todo. Ya sabes… Cuando me enfrenté a la Bruja Blanca y me hirió… Arriesgaste tu vida para que no me rematara; para salvar la mía.
-No me des las gracias. Somos hermanos, ¿no? Es lo que mamá habría querido; que nos protegiéramos mutuamente. Y… A propósito de esta conversación, quería decirte que me alegro de que toda esta aventura nos haya unido y nos haya ayudado a entendernos el uno al otro; a llevarnos bien, finalmente. La causa de mi insomnio era darme cuenta de lo cerca que estuviste de la muerte en la batalla. El simple hecho de imaginar que jamás supieras lo que siento por ti me horrorizaba.
De repente, el rubio cayó en la cuenta de lo que acababa de decir, ¡Lo que siento por ti! ¡Serás estúpido, Peter…!, pensó aterrado. El subconsciente le había traicionado.
-¡¿Cómo?!
-Ya sabes; a pesar de nuestras diferencias, somos hermanos y te quiero mucho… Creo que nunca te lo había dicho –intentó arreglarlo.
Edmund se quedó pensativo un rato.
-Es cierto… Nunca me lo habías dicho. Hasta hace bien poco me figuraba que me odiabas, pero no sabes cuánto me alegra ver que me equivocaba. Yo también te quiero, Pete, y… ¿Te puedo pedir algo?
-Adelante, lo que quieras.
-Verás, hermano, cuando todo acabó y me recuperé gracias al elixir de la flor de fuego me abrazaste como nunca lo habías hecho… Quisiera volver a sentir el calor que me transmitiste.
Peter se sorprendió ante la petición de su hermano pero accedió a ella más que encantado.
Los dos hermanos se mantuvieron abrazados un buen rato.
Pasó como un cuarto de hora cuando Peter advirtió que su hermano estaba llorando.
-¿Ed, estás bien?
-¡Claro! –dijo medio enfurruñado, intentando disimular el llanto.
El rubio no aguantaba más, se levantó y caminó hacia el agua.
-¡¿Por qué tenemos que seguir fingiendo?! –gritó con tono tembloroso.
-No sé de qué me hablas… -respondió el moreno, apagadamente.
-¡¿Es que no está claro, Ed?! –Peter ya lloraba a lágrima viva- ¡Te quiero como algo más que un hermano! ¡Quiero pasar contigo todos los instantes de mi vida! ¡Te deseo!
Ed estaba en estado de shock, no se movía, no decía nada.
Los primero rayos de Sol asomaban por el horizonte y los chicos por primera vez se veían las caras.
-¡Atrévete a negar que sientes lo mismo! ¡Ven aquí y sácame de mi error, entonces! –continuaba Peter.
Entonces Edmund se levantó, se quedó mirando a su hermano durante un corto periodo de tiempo y acto seguido corrió hacia donde estaba él(donde el nivel del agua le llegaba casi a las rodillas). Se abalanzó sobre él y ambos cayeron al agua. El mayor de los Pevensie esperaba recibir un buen puñetazo por haber abierto un sentimiento que probablemente Ed no entendería. Pero éste lo entendía perfectamente.
Comenzó un recorrido de besos por el cuello de su hermano mayor, que acabó subiendo hasta encontrarse con sus labios. Primero los rozó suavemente y sintió un escalofrío recorriéndole el cuerpo entero. Fue entonces cuando Peter tomó el mando de la situación, uniendo definitivamente su boca con la de Edmund en un apasionado beso que hizo estremecer a ambos.
Ya era de día; el Sol iluminaba el gran palacio narniano. Junto a él había una playa. Una playa donde dos hermanos se habían quedado dormidos sobre la blanca arena. Estaban abrazados, con la cabeza del más pequeño apoyada en el pecho del otro. Era el principio de la Época Dorada en Narnia. Era el principio del verano después de cien años de invierno. Pero, sobre todo, era el principio de un amor que duraría para siempre.